Yolanda Reyes. Columnista de EL TIEMPO.
El periodismo actual parece preferir las comillas a los signos de interrogación.
Cuentan los memoriosos que en tiempos de Julio César Turbay existió un noticiero al que cariñosamente apodábamos 'Lambicolor'. Su cercanía al Gobierno lo convirtió en una especie de informativo oficial, que mostraba un país casi perfecto, lleno de buenas noticias, protagonizadas por miembros del gabinete, y al que nadie -ni siquiera los liberales oficialistas- solía dar mucho crédito. En aquellos viejos tiempos, cuando estrenábamos televisión en color, su versión monocromática y sin matices producía la misma risa que los innumerables chistes acerca del mandatario.
La historia de 'Lambicolor' ha venido a mi memoria durante estos días de adhesión emotiva a eso que ahora llamamos la Patria y que, según nuevos emisarios, parece haber resultado "vencedora frente a las injustas agresiones de nuestros vecinos". Quizás el rictus compungido que no pueden o no quieren ocultar las jóvenes presentadoras al leer los partes internacionales o al revelarnos secretos íntimos de Estado, cual muñecas manejadas por ventrílocuos, o tal vez las preguntas inducidas que han hecho en sus entrevistas a los voceros del régimen, me recordaron el lenguaje grandilocuente, con cierto tinte entre ingenuo y provinciano, que tenía aquel noticiero.
La postura pasional y renuente al debate que, con valientes y contadas excepciones, ha caracterizado el trabajo periodístico de los últimos meses -por no decir de los últimos años- parece ir en contravía de la independencia que antes valorábamos en el periodismo colombiano y que llevó a maestros como Guillermo Cano, por citar un ejemplo, a perder la publicidad para su diario por destapar los manejos de un importante grupo económico, o a perder la vida por denunciar los vínculos entre poder y narcotráfico. No es que pretenda idealizar los tiempos idos, pues siempre hubo periodismo oficialista en el país, como lo ilustra el caso citado, pero un pilar del oficio, que era el de la autonomía frente al poder, parece haber perdido vigencia. Esa mezcla de olfato y malicia que nos hacía considerar buenos periodistas a quienes desconfiaban de las fuentes oficiales para investigar por su cuenta y riesgo dejó de ser virtud para volverse defecto. Y así el argumento de "no estar con el Gobierno" se ha convertido en criterio para descalificar a un periodista o a un medio.
Quizás somos nosotros -eso que llaman "el público"- quienes más hemos cambiado: nos hemos vuelto oficialistas y monolíticos y pedimos a los medios que se limiten a divulgar los triunfos, las pruebas, las fotos y la agenda que dicta el Gobierno, como si fuera un gran editor con potestad para escoger y tachar con su lápiz rojo, no sólo los temas, sino la forma de abordarlos y las fuentes de consulta. Por algún mecanismo de autocensura o de amnesia colectiva, o quizás porque nos embobamos, como tantos políticos que hoy se limitan a asentir con la cabeza (qué se fizieron los liberales, por ejemplo), el periodismo actual parece preferir las comillas, para citar fuentes oficiales, frente a los signos de interrogación, para plantear preguntas. En un círculo vicioso, nos dan lo que les pedimos: que nos ayuden a tragar entero y nos ubiquen en uno de los bandos. O apoyo incondicional o enemigos declarados. Así de blanco o de negro: sin colores ni matices, sin humor ni reflexión. Sin un asomo de duda.
En estos tiempos, cuando la necesidad de saber pugna con la de no querer saber, y cuando las historias vividas superan la capacidad de entendimiento, es un instinto natural, no sólo de los individuos sino de las sociedades, cerrar los ojos y no ver, o ver solamente aquello que se desea. Entonces, el periodismo se enfrenta al dilema de decir y sacudir las conciencias (aunque le corten la cabeza), o al de amplificar las versiones oficiales y administrar la anestesia. Se trata de un debate que no es exclusivo de los medios, sino de toda la sociedad, sobre todo ahora, cuando comienza a cobrar conciencia de su poder movilizador. ¿Valdría ofrecerle un periodismo de estilo Lambicolor? Francamente, yo lo dudo.